Relato Infantil


Margarita (por A.A.)
rase una vez, tres margaritas que se encontraban en el centro de una extensa y bella pradera. Dos de ellas eran margaritas normales y corrientes, pero la tercera... ¡Ay! la tercera, ¡no existía en el mundo otra igual! ¡Qué belleza!, su tallo tan espigado, sus pétalos tan blancos, ella se sabía bella, muy bella, y lo hacía notar constantemente a sus compañeras.


+ ¡Fijaos chicas, qué preciosa soy! cómo me balanceo suavemente con la brisa de media tarde...
+ ¡Qué suerte tienes! ¡qué preciosa eres! En cambio nosotras... somos tan normales...
+ ¡Fijaos en mi verde tallo, en mis blancos pétalos! Soy digna de esta primavera.
+ ¡Cuánto nos gustaría ser como tú!
+ Me temo que no será posible... en fin, conformaos con el deleite que supone mi sola presencia.


Por el horizonte se aproximaba un automóvil, y al minuto descendió una pareja con una cesta de picnic y una manta de viaje, que extendieron junto a las margaritas. Se sentaron a almorzar y a continuación se tumbaron al sol mientras hablaban de amor.

- ¡Te quiero!, anunció ella contra todo pronóstico.
- ¡Me extraña! Demuéstramelo, respondió él.
- La naturaleza nos lo dirá - dijo ella - e incorporándose comenzó a mirar a su alrededor, fijándose en la preciosa margarita.
- ¡Mira qué margarita tan bonita!


+ ¡Se ha fijado en mí!, ¡chicas!, ¿habéis escuchado? -dijo- espigándose aún más y moviendo su cabeza con infinita coquetería.
+ A nosotras ni nos ha visto, se lamentó una de ellas.


- Sí, es preciosa. Ella nos sacará de dudas, afirmó él. Y extendiendo su brazo la agarró por el tallo y comenzó a tirar de ella.

+ ¡Ay! ¡Ay! qué daño, pero ¡qué hace!, socorro chicas ¡ayudadme!.

- ¡Está bien enganchada!, apuntó la chica.
- ¡Ya lo creo!, debe tener buenas raíces..., comentó él, mientras lo seguía intentando.

+ ¡Dios mío qué horror!, ¡qué dolor tan intenso!, no puedo más, voy a morir...
+ ¡Resiste!, ¡resiste!.
+ Adiós, compañeras... amigas... recordarme siempre.

- ¡Por fin!, hasta las raíces han salido, dijo él comenzando a hacer lo propio: me quieres, no me quieres, me quieres, no me quieres...

+ Adiós, adiós... me falta la savia que me da la vida... ¡muero!.

- Me quieres, no me quieres, me quieres... y... NO me quieres.

+ Vaya, encima sale que no le quiere, ¿de qué ha servido su muerte?
+ De nada, pero disimula..., no quiera confirmar sus sentimientos y repita -comentó la otra mirando al suelo, con gesto disimulado-.


Por fin, tiró lo que quedaba de ella al suelo. ¡Ay! la preciosa margarita, con las raíces al aire, el tallo tronchado, los pétalos arrancados. No existía en el mundo margarita más horrorosa y fea.


+ ¡Qué fea está ahora!, con lo bonita que era...
+ ¡Horrorosa, horrorosa!, quién lo iba a decir...


La pareja decidió volver a la ciudad y abandonaron la verde pradera en su potente auto.

Conclusión: La belleza física es efímera, mejor cuidar la belleza interior.
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