Editorial


HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD
El hecho de predicar no es para mi motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!"... Las cartas a los Corintios son una mina. Permitidme, aprovechando la frase de San Pablo, que os muestre dos listas paralelas de actividades varias.

- Cosas que son motivo de orgullo: 1) Dejar de fumar: por si fuera poco, quienes lo consiguen nos dan la tabarra a los demás. Muchos que llevan dos meses sin fumar lo dicen como si merecieran un homenaje. 2) Adelgazar: si, pasado el verano, algún compañero o compañera de trabajo ha reducido su línea perimetral, no dejes de decírselo o se ofenderá: "¡Qué tipito se te ha puesto, pichurrita!". 3) Aprobar con nota un examen o una oposición: hay que enmarcar el diploma urgentemente y ponerlo en el salón. 4) Conseguir un autógrafo de Ronaldo: hay que enseñárselo a todo el mundo...

- Cosas que no son motivo de orgullo: 1) Comer tres veces al día -salvo que seas vegetariano-. 2) Respirar no-sé-cuántas veces por minuto -salvo que vivas en Madrid-. 3) Dormir todas las noches -salvo que tengas un botellón junto al dormitorio, como yo-. 4) No beberse la botella de lejía -salvo que hayas escondido allí el whisky-...

Sí, sí, ya sé que todo esto parece de perogrullo. Pero cuando San Pablo se refiere al apostolado, lo sitúa en la segunda lista y no en la primera. Nosotros, sin embargo, hemos llevado todo lo referente a la piedad al catálogo de medallas y condecoraciones. Muchos cristianos, si durante un mes han dedicado cada mañana media hora a la oración sin fallar un sólo día, se sienten como si merecieran un diploma. Otros, si en una ocasión han dado la cara ante los amigos y han hablado de Dios, se ufanan como si hubieran hecho una proeza. También hay quien, después de confesarse, espera que lo feliciten como a un héroe...

Dejemos que el apóstol ponga las cosas en su sitio: "¡Ay de mí si no rezase!", "¡Ay de mí si no hablase de Dios!", "¡Ay de mí si no confesara!". Si no rezase, si no hablase de Dios, si no confesara mis pecados, sería yo como quien no come, como quien deja de respirar, como quien no duerme, o -peor aún- como quien conscientemente se bebe la botella de lejía para probar si sabe a frambuesa y se envenena. No somos héroes por rezar, ni por hablar de Dios, ni por confesarnos; antes bien, mereceríamos palos por no hacerlo. Si quieres méritos, mira a la Cruz: Jesús no necesitaba sufrir, no necesitaba salvarte, no necesitaba tu compañía ni la mía... Y subió libremente a la Cruz para redimirnos porque nos amaba. ¡Ése es el mérito! Y ese mérito infinito, volcado en Sangre a través del Costado, lo recogió María para distribuírnoslo a nosotros. Cuando lo recibimos, cuando vivimos en gracia., se transforma nuestra oración de tal manera que una sola comunión, realizada con fervor, bastaría para redimir a todas las almas. En eso consiste el milagro de la gracia: en hacer, de nuestra necesidad, Virtud. Virtud de Cristo.
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