Si alguno viene conmigo y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 26).
¿Quién se ha atrevido, jamás, a hablar así? Si escuchásemos estas palabras en los labios de cualquier líder de este mundo, ¿que pensaríamos? Sin duda, que se trata de un loco, de un iluminado, de un tirano que quiere hacerse con el control de las personas de sus súbditos en lo más íntimo de ellas. Pensaríamos que ese hombre no se conforma con ser obedecido; además, quiere ser amado, y quiere serlo en exclusiva. Quiere que cada uno de sus súbditos le pertenezca. Tendríamos motivos, desde luego, para sentir miedo de una persona así.
Sin embargo, es el Hijo de Dios quien lo dice, y todo cambia. Esa radicalidad le sienta bien, cuadra a la perfección en su estilo. También le cuadra la paradoja, la aparente contradicción: el mismo que nos invita a amarnos unos a otros como Él nos ama, de repente, parece haber cambiado de registro y nos invita a odiar a los más próximos. El oyente queda sumido en el desconcierto, y no tiene más remedio que detenerse a meditar. Las palabras de Jesús no pueden escucharse a la ligera.
La frase del Señor nos lleva de la mano a otras palabras suyas, pronunciadas en un momento distinto:
"No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra" (Mt 10, 34-35). El mismo juego que realiza con el binomio amor-odio lo realiza con el binomio paz-espada. También dirá, más tarde: "la paz os dejo, mi paz os doy"
(Jn 14, 27) quien días antes había asegurado no haber venido al mundo a traer paz. La clave nos la proporcionará acto seguido:
"no os la doy yo como la da el mundo". Existen una paz según el mundo y una paz según Dios. Se contraponen ambas de tal manera, que es preciso romper con la espada la paz mundana para alcanzar la paz de Dios. Del mismo modo, existen un amor según el mundo y un amor según Dios. Es preciso negar el amor tal como el mundo lo entiende, hasta extremos que serán entre los hombres tenidos por odio, para llegar, así, a amar según Dios. Y es que, si la paz según el mundo representa muchas veces el egoísmo de quien aspira a desembarazarse de todos los problemas, también el amor según el mundo se traduce, en numerosas ocasiones, en el egoísmo de quien quiere poseer al ser amado.
"Dios no me quiere"... Lo he escuchado demasiadas veces. Lo dicen personas que no han recibido lo que pidieron en la oración, cuando pedían, precisamente, que Dios solucionase sus problemas:
"no curó a mi madre", "no me ayudó a encontrar trabajo", "no salvó mi matrimonio"... "Dios, por tanto, me odia; todo me va mal". Al hablar así, quieren decir que Dios no les ama según el concepto que ellos tienen de amor: no soluciona sus problemas. A esas personas, el sacerdote les muestra el Crucifijo:
"Cristo murió por ti", y lo miran con cansancio, como diciendo:
"¿Y de qué me sirve?". Háblales de su salvación eterna, de la Gracia de Dios obtenida en la Cruz para nosotros, del Espíritu Santo y de la filiación divina... No entenderán. No entenderán que el amor no consiste en solucionar los problemas del otro, sino en entregar la vida para que el ser amado alcance su plenitud como persona. Según ellos, Dios les odia.
Y, según el mundo, no ama a sus padres la hija única que ingresa en un convento de clausura para ofrecerse por ellos, ni ama a sus feligreses el sacerdote que no les da la razón ni pasa el día en sus casas, ni aman a su cónyuge el marido o la mujer que salen un fin de semana del hogar familiar para realizar unos ejercicios espirituales...
Pero, desde que Dios vino a esta tierra a morir en una Cruz, y hasta el fin de los tiempos, existe en el Mundo un Amor nuevo. Un Amor que los hombres no entienden y llamarán odio, con el mismo egoísmo con que llaman "problemas" a los compromisos bautismales. Por eso, si uno no está dispuesto a amar de tal manera que los hombres puedan llegar a pensar que odia, y a seguir amando así a pesar de todo, no puede seguir a Jesucristo.